lunes, 19 de octubre de 2026

 

LA DOCTRINA DE PTAHHOTEP

 

 

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Por: José Rafael Araujo Nigrinis

Hacia el tercer milenio antes de Cristo, Ptahhotep, influyente representante de la nobleza egipcia y visir encargado de la administración del Estado, reunió la experiencia acumulada durante su ejercicio en el poder y la plasmó en un tratado conocido como las Máximas del buen discurso. En ellas quedó reflejada una concepción del orden político y social propia de las clases dominantes del antiguo Egipto.

El fundamento de aquella doctrina era el concepto de Ma'at, entendido como el orden cósmico y social. La clase dominante invocaba esta fuerza cósmica, asociada con la verdad, el equilibrio y la justicia, como principio legitimador del orden establecido y mecanismo de control social. De este modo, no solo se justificaba el statu quo, sino que se enseñaba que la jerarquía social había sido determinada por los dioses desde la creación del mundo. Quien ocupaba una posición inferior quedaba sujeto a la autoridad de quien se encontraba por encima de él, considerado superior en virtud, nobleza y valor. A los subordinados se les exigían fidelidad, resignación y obediencia, pues su bienestar dependía, en buena medida, de la voluntad y la benevolencia de los poderosos.

En esa concepción del mundo, el faraón y sus delegados, investidos de autoridad divina, eran los únicos capaces de preservar la Ma'at e impedir la irrupción del Isfet, es decir, el caos. Rebelarse contra el rey o alterar la estructura jerárquica no constituía únicamente un delito político: representaba también una transgresión contra el orden cósmico, una amenaza que, según aquella visión, podía comprometer la existencia misma del universo.

Ptahhotep condenaba el egoísmo y la avaricia, a los que señalaba como males capaces de destruir incluso las buenas relaciones familiares. Asimismo, exhortaba a los superiores a evitar la soberbia, la humillación y cualquier conducta que pudiera ofender o perjudicar a sus subordinados. No obstante, estas recomendaciones de moderación no cuestionaban la estructura jerárquica; antes bien, buscaban preservar su estabilidad y prevenir el descontento de los desposeídos. Al final, la obediencia al superior seguía siendo una virtud fundamental. Así lo expresa una de sus máximas:

«Dobla el espinazo ante quien es tu jefe, jefe tuyo en la casa del rey; tu casa se destacará por su riqueza y tú fortalecerás la casa».

Al reflexionar sobre estos discursos —no solo los de Ptahhotep, sino también las Instrucciones del rey Merikare y, de época más reciente, las Advertencias de un sabio egipcio—, resulta difícil no advertir la persistencia de ciertos mecanismos de dominación psicológica y control social a lo largo de la historia de la humanidad. Cambian las épocas, las instituciones y los lenguajes con los que se justifica el poder, pero algunas de sus estrategias parecen sobrevivir a los siglos.

El fascismo ofrece un ejemplo revelador de esas semejanzas. La exigencia de «doblar el espinazo» ante el superior, guardar silencio y someterse a la jerarquía recuerda, en su lógica de obediencia, la subordinación del individuo a la autoridad absoluta. De igual manera, la idea de que desobedecer al faraón o a sus delegados atentaba contra la Ma'at encuentra un inquietante paralelo en la célebre consigna de Mussolini: «Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado».

En ambos casos, el desacuerdo deja de ser una expresión legítima de inconformidad para convertirse en una amenaza contra el orden colectivo. El disidente ya no es simplemente alguien que cuestiona al gobernante: pasa a ser presentado como un elemento perturbador, una fuerza caótica cuya existencia supuestamente pone en peligro la supervivencia de la comunidad.

También persiste el empleo de la cultura y la religión como instrumentos de adoctrinamiento y legitimación del poder. En los regímenes fascistas, estos recursos se combinaron con los avances tecnológicos y los nuevos medios de comunicación, que hicieron posible una propaganda de alcance masivo, difundida a través de instituciones estatales y medios puestos al servicio del régimen. En las sociedades antiguas, el arte también podía contribuir a consolidar la autoridad, representar el orden establecido como incuestionable y advertir, mediante imágenes y símbolos, sobre las consecuencias de la desobediencia.

¿Y qué decir del manejo del miedo, de las fobias y de la necesidad de identificar enemigos?

En el antiguo Egipto, la amenaza del Isfet, el caos que podía destruir el orden universal, servía para reforzar la necesidad de obedecer a quienes se presentaban como sus guardianes. En el fascismo, la propaganda señalaba enemigos internos y externos: el extranjero, el comunismo, la supuesta decadencia liberal, los inmigrantes y, en general, aquellos a quienes se identificaba como diferentes o contrarios al proyecto político dominante. Siempre había un enemigo al que temer; siempre existían «los otros».

Así, el miedo se convertía en una herramienta de cohesión y sometimiento: se prometía seguridad a cambio de obediencia y se justificaba la restricción de las libertades en nombre de la preservación del orden.

¡Qué caro termina siendo garantizar la seguridad, el orden y el bienestar cuando el precio que se paga es la pérdida de la libertad!

Nota bibliográfica: Este artículo surgió de la lectura de El Antiguo Egipto, de M. Beltrán del Alisal, publicado por Litografía Cultural, S. A., México, D. F., en 1978.

Valledupar, Casa 'e Campo, Solar La Elisa, 18 de octubre de 2026.

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