LA DOCTRINA DE
PTAHHOTEP

Por: José Rafael Araujo
Nigrinis
Hacia el tercer milenio antes de
Cristo, Ptahhotep, influyente representante de la nobleza egipcia y visir
encargado de la administración del Estado, reunió la experiencia acumulada
durante su ejercicio en el poder y la plasmó en un tratado conocido como las Máximas
del buen discurso. En ellas quedó reflejada una concepción del orden
político y social propia de las clases dominantes del antiguo Egipto.
El fundamento de aquella doctrina
era el concepto de Ma'at, entendido como el orden cósmico y social. La
clase dominante invocaba esta fuerza cósmica, asociada con la verdad, el
equilibrio y la justicia, como principio legitimador del orden establecido y
mecanismo de control social. De este modo, no solo se justificaba el statu quo,
sino que se enseñaba que la jerarquía social había sido determinada por los
dioses desde la creación del mundo. Quien ocupaba una posición inferior quedaba
sujeto a la autoridad de quien se encontraba por encima de él, considerado superior
en virtud, nobleza y valor. A los subordinados se les exigían fidelidad,
resignación y obediencia, pues su bienestar dependía, en buena medida, de la
voluntad y la benevolencia de los poderosos.
En esa concepción del mundo, el
faraón y sus delegados, investidos de autoridad divina, eran los únicos capaces
de preservar la Ma'at e impedir la irrupción del Isfet, es decir, el
caos. Rebelarse contra el rey o alterar la estructura jerárquica no constituía
únicamente un delito político: representaba también una transgresión contra el
orden cósmico, una amenaza que, según aquella visión, podía comprometer la
existencia misma del universo.
Ptahhotep condenaba el egoísmo y
la avaricia, a los que señalaba como males capaces de destruir incluso las
buenas relaciones familiares. Asimismo, exhortaba a los superiores a evitar la
soberbia, la humillación y cualquier conducta que pudiera ofender o perjudicar
a sus subordinados. No obstante, estas recomendaciones de moderación no
cuestionaban la estructura jerárquica; antes bien, buscaban preservar su
estabilidad y prevenir el descontento de los desposeídos. Al final, la
obediencia al superior seguía siendo una virtud fundamental. Así lo expresa una
de sus máximas:
«Dobla el espinazo ante quien es
tu jefe, jefe tuyo en la casa del rey; tu casa se destacará por su riqueza y tú
fortalecerás la casa».
Al reflexionar sobre estos
discursos —no solo los de Ptahhotep, sino también las Instrucciones del rey
Merikare y, de época más reciente, las Advertencias de un sabio egipcio—,
resulta difícil no advertir la persistencia de ciertos mecanismos de dominación
psicológica y control social a lo largo de la historia de la humanidad. Cambian
las épocas, las instituciones y los lenguajes con los que se justifica el
poder, pero algunas de sus estrategias parecen sobrevivir a los siglos.
El fascismo ofrece un ejemplo
revelador de esas semejanzas. La exigencia de «doblar el espinazo» ante el
superior, guardar silencio y someterse a la jerarquía recuerda, en su lógica de
obediencia, la subordinación del individuo a la autoridad absoluta. De igual
manera, la idea de que desobedecer al faraón o a sus delegados atentaba contra
la Ma'at encuentra un inquietante paralelo en la célebre consigna de Mussolini:
«Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado».
En ambos casos, el desacuerdo
deja de ser una expresión legítima de inconformidad para convertirse en una
amenaza contra el orden colectivo. El disidente ya no es simplemente alguien
que cuestiona al gobernante: pasa a ser presentado como un elemento perturbador,
una fuerza caótica cuya existencia supuestamente pone en peligro la
supervivencia de la comunidad.
También persiste el empleo de la
cultura y la religión como instrumentos de adoctrinamiento y legitimación del
poder. En los regímenes fascistas, estos recursos se combinaron con los avances
tecnológicos y los nuevos medios de comunicación, que hicieron posible una
propaganda de alcance masivo, difundida a través de instituciones estatales y
medios puestos al servicio del régimen. En las sociedades antiguas, el arte
también podía contribuir a consolidar la autoridad, representar el orden
establecido como incuestionable y advertir, mediante imágenes y símbolos, sobre
las consecuencias de la desobediencia.
¿Y qué decir del manejo del
miedo, de las fobias y de la necesidad de identificar enemigos?
En el antiguo Egipto, la amenaza
del Isfet, el caos que podía destruir el orden universal, servía para
reforzar la necesidad de obedecer a quienes se presentaban como sus guardianes.
En el fascismo, la propaganda señalaba enemigos internos y externos: el
extranjero, el comunismo, la supuesta decadencia liberal, los inmigrantes y, en
general, aquellos a quienes se identificaba como diferentes o contrarios al
proyecto político dominante. Siempre había un enemigo al que temer; siempre
existían «los otros».
Así, el miedo se convertía en una
herramienta de cohesión y sometimiento: se prometía seguridad a cambio de
obediencia y se justificaba la restricción de las libertades en nombre de la
preservación del orden.
¡Qué caro termina siendo
garantizar la seguridad, el orden y el bienestar cuando el precio que se paga
es la pérdida de la libertad!
Nota bibliográfica:
Este artículo surgió de la lectura de El Antiguo Egipto, de M. Beltrán del
Alisal, publicado por Litografía Cultural, S. A., México, D. F., en 1978.
Valledupar, Casa 'e Campo, Solar
La Elisa, 18 de octubre de 2026.

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