viernes, 2 de octubre de 2026


 Ilustración generada con inteligencia artificial a partir de una propuesta y dirección creativa de José Rafael Araujo Nigrinis.

DON BOSCO Y EL GRIS

Por: José Rafael Araujo Nigrinis

Si Mariana me preguntara, abuelo, ¿los ángeles pueden convertirse en perros?

Pensar en esa inquietante cuestión me obligó a mirar el silencio durante mucho tiempo. Y cada vez que el peso de los años me devuelve a una antigua historia de Italia, la respuesta se dibuja en mi mente una certeza: sí, los ángeles podrían adoptar las formas más inesperadas.

Hace más de ciento ochenta años, en la industriosa Turín, habitaba un sacerdote llamado Juan Bosco. Para los muchachos de los callejones, sin embargo, era simplemente Don Bosco. La ciudad de aquel entonces parecía atrapada en un letargo de piedra y hollín, empezaba la era industrial; al caer la tarde, una niebla densa y fantasmal descendía sobre los tejados, fundiéndose con el humo de las fábricas. En las noches, las escasas farolas de gas titilaban como velas agonizantes, incapaces de disipar las sombras que se agazapaban en los pasajes oscuros.

En ese escenario de penumbra sobrevivían cientos de niños olvidados. Pequeños sin hogar o atrapados en talleres donde los adultos les hacían consumir sus fuerzas antes de tiempo. Don Bosco no podía mirar hacia otro lado frente a ese dolor. Mientras la ciudad dormía el sueño de los indiferentes, él caminaba entre la neblina buscando almas para ofrecerles pan, un techo y el milagro de una esperanza. Les enseñaba oficios dignos, rescatando sus vidas de la miseria.

Pero desafiar al mundo siempre despierta enemistades. Hubo quienes lo persiguieron con burlas, amenazas y planes siniestros. Fue justamente en la hora más vulnerable de su misión cuando el cielo le envió una respuesta.

Una noche de otoño, el sacerdote regresaba solo por una calle desierta. El aire era tan espeso que la niebla borraba las fachadas y los puntos de referencia. De pronto, el silencio se rompió con un leve crujido. Al voltear, Don Bosco lo vio.

A pocos pasos se materializó un perro enorme. No pertenecía a ninguna raza conocida; su pelaje, de un gris ceniza, absorbía la débil luz de los faroles, y sus ojos fijos irradiaban una inteligencia mística, un brillo que no correspondía a este mundo. Había brotado de la nada, como si la misma niebla se hubiera compactado para darle forma. Sorprendentemente, el temor inicial del sacerdote se disipó al instante, reemplazado por una paz inexplicable que inundó su cuerpo.

El guardián se acercó, movió la cola una sola vez y se colocó a su lado, escoltándolo en silencio hasta el umbral de su casa.

—Ven, entra —le invitó Don Bosco, conmovido.

Pero al girarse para guiarlo, el espacio estaba vacío. El animal se había desvanecido en el aire, sin dejar huellas en el suelo húmedo, como si hubiera sido solo un eco visual.

A partir de esa noche, el prodigio se convirtió en un faro constante. El Gris —Il Grigio, como lo bautizó el santo— aparecía siempre en el segundo exacto en que el peligro acechaba o cuando los callejones se tornaban más oscuros. Surgía de las sombras como un centinela celestial, mudo y feroz contra los atacantes, pero dócil y protector con el sacerdote.

Los muchachos del oratorio, que no era una simple iglesia sino un refugio vivo de cantos, juegos y aprendizaje, intentaron seguirlo docenas de veces para descubrir su origen. Querían saber dónde dormía, quién lo alimentaba, cuál era su procedencia. Todo fue en vano. El animal caminaba unos metros y se disolvía entre los árboles. No tenía rastro terrenal.

En una ocasión, un grupo de asaltantes acechó a Don Bosco con intenciones fatales. La situación parecía no tener salida. De pronto, la temperatura pareció descender y de la absoluta nada emergió El Gris, mostrando los dientes con un gruñido que infundió un terror sobrenatural en los atacantes, quienes huyeron despavoridos. El extraño protector custodió al sacerdote hasta que la calma regresó a las calles y luego volvió a fundirse con el misterio.

Durante casi tres décadas, el milagro se repitió. Treinta años, Mariana. Piensa en la magnitud de ese número: un guardián sin tiempo, sin dueño, sin edad, cruzando la frontera de lo invisible solo para cumplir una misión divina.

Y así como llegó, un día se marchó para siempre. No hubo despedidas, ni rastro, ni cuerpo que enterrar. Simplemente, la misión del centinela había concluido.

Muchos buscaron explicaciones lógicas, pero la lógica es un traje demasiado pequeño para los misterios que nos rondan. Yo, Mariana, prefiero creer que EL GRIS era el Ángel de la Guarda de Don Bosco, que cambió sus alas por colmillos y garras para proteger al santo.

 

Valledupar, Casa ‘e Campo, La Elisa, 20 de junio de 2026



 

La cerdita enojona

Por: José Rafael Araujo Nigrinis

Es veinte de marzo. Ayer celebrábamos a San José, mi onomástico: patriarca silencioso, esposo de la Virgen María, padre nutricio de Jesús. Hay días que no pasan en vano, que dejan un leve resplandor en la memoria. Hoy es otro de esos: cumple años mi tesoro más íntimo, mi nieta Mariana Sofía.

La invitación de mi amigo Carlos Mendiola me llevó a internarme en la Sierra Nevada, hasta Chemesquemena, un caserío suspendido entre montañas donde el tiempo parece caminar descalzo. Llegamos a las dos de la tarde, cuando la luz cae vertical y el aire se vuelve denso, casi sagrado.

Lo primero que vimos fue una patrulla militar: muchachos imberbes, con rostros todavía a medio hacer, sosteniendo fusiles que parecían demasiado grandes para sus manos. La guerra, pensé, también aprende a habitar los lugares más remotos.

Por el camino descendían los estudiantes, vestidos al modo kogui: blancos de pies a cabeza, como si llevaran encima la claridad de la nieve que alguna vez cubrió esas cumbres. Caminaban en silencio, con esa serenidad antigua que no necesita explicarse.

Mendiola siguió su ascenso hacia la finca. Misael y yo nos quedamos en casa de Ricaurte, comerciante del pueblo y hombre de hospitalidad sobria. Allí, en una pausa que parecía ritual, estaban tres kogui y una mujer arhuaca. Nos ofrecieron asiento. Nos sentamos. Y en ese gesto mínimo, quedamos admitidos en la respiración del lugar.

No pasó mucho tiempo antes de que aparecieran unos extranjeros —gringos—, descendiendo del monte con ese aire entre exhausto y maravillado que traen los que han visto lo que no es cotidiano. Venían con guías, en expedición de aves. Habían partido desde Manaure, en la Serranía del Perijá, y cruzaban ahora hacia la Sierra Nevada en busca de especies que allá les fueron esquivas. Hablaban de rutas, de migraciones, de nombres que para ellos eran hallazgo y para esta tierra, costumbre.

Se fueron como llegan esas presencias: sin dejar huella visible, pero alterando por un instante el pulso del lugar.

Me quedé conversando con los kogui. Misael salió a buscar plátanos. Los indígenas compraron chirrinche, ese aguardiente primitivo hecho de panela, y lo transformaron con un brebaje de curará, tomillo y romero. El líquido despedía un olor áspero, vegetal, casi medicinal. Sin despedidas largas, emprendieron el ascenso: cinco horas a pie, cuesta arriba, atravesando Guatapurí y San José. Se internaron en la montaña como quien regresa a una casa que no necesita puertas.

Yo me quedé con una botella de chirrinche, comprada en Atánquez, territorio kankuamo donde la sierra empieza a hacerse más humana sin dejar de ser indómita.

Conversábamos, dejándonos llevar por la tarde, cuando algo rompió la armonía.

Desde lo alto del camino descendía una mujer indígena, aunque vestida a la manera urbana. En su regazo traía una lechona: blanca, hermosa, viva… y profundamente indignada. Chillaba con una furia que no parecía propia de su tamaño. Sus guarridos atravesaron el aire, se estrellaron contra las casas, cubrieron el murmullo del río Guatapurí, que corría cercano como una voz antigua.

Había huido.

No supe de dónde, pero era evidente: aquella criatura había probado, aunque fuera por un instante, el sabor de la libertad.

Al llegar a su casa, la mujer la amarró a un poste. La soga le concedía apenas unos metros de mundo. Un pequeño círculo de tierra: ese fue, de pronto, todo su universo.

Quizá movida por una culpa instintiva, la dueña quiso apaciguarla. Tomó un guineo maduro, lo abrió con cuidado y lo acercó a su hocico. El gesto era casi maternal.

Pero ocurrió lo inesperado.

La cerdita —esa criatura que la costumbre acusa de voraz— despreció el alimento. Volvió el rostro con una dignidad que no admitía negociación. La mujer insistió, peló el banano, lo ofreció de nuevo, con paciencia, con dulzura.

Nada.

La pequeña se mantuvo firme en su negativa, como si en ese rechazo se jugara algo más profundo que el hambre. Como si aceptar fuera rendirse.

Pasaron las horas.

Cuando nos fuimos, cerca de las cinco y media de la tarde, la luz ya empezaba a inclinarse sobre las montañas. Y allí seguía ella: la cerdita enojada, intacta en su protesta, fiel a una causa que solo ella comprendía.

Entonces lo entendí —o quise entenderlo— mientras descendíamos en silencio:

La libertad, aun en su forma más breve, deja una huella que ningún amarre borra.

Y todos —hombres, mujeres, animales— llevamos dentro una porción irreductible de carácter.

En Valledupar, Casa e Campo, solar La Elisa, dado y acabado en 21 de marzo de 2026.