5 de agosto 2026
La cerdita enojona
Por: José
Rafael Araujo Nigrinis
Es veinte de
marzo. Ayer celebrábamos a San José, mi onomástico: patriarca silencioso,
esposo de la Virgen María, padre nutricio de Jesús. Hay días que no pasan en
vano, que dejan un leve resplandor en la memoria. Hoy es otro de esos: cumple
años mi tesoro más íntimo, mi nieta Mariana Sofía.
La
invitación de mi amigo Carlos Mendiola me llevó a internarme en la Sierra
Nevada, hasta Chemesquemena, un caserío suspendido entre montañas donde el
tiempo parece caminar descalzo. Llegamos a las dos de la tarde, cuando la luz
cae vertical y el aire se vuelve denso, casi sagrado.
Lo primero
que vimos fue una patrulla militar: muchachos imberbes, con rostros todavía a
medio hacer, sosteniendo fusiles que parecían demasiado grandes para sus manos.
La guerra, pensé, también aprende a habitar los lugares más remotos.
Por el
camino descendían los estudiantes, vestidos al modo kogui: blancos de pies a
cabeza, como si llevaran encima la claridad de la nieve que alguna vez cubrió
esas cumbres. Caminaban en silencio, con esa serenidad antigua que no necesita
explicarse.
Mendiola
siguió su ascenso hacia la finca. Misael y yo nos quedamos en casa de Ricaurte,
comerciante del pueblo y hombre de hospitalidad sobria. Allí, en una pausa que
parecía ritual, estaban tres kogui y una mujer arhuaca. Nos ofrecieron asiento.
Nos sentamos. Y en ese gesto mínimo, quedamos admitidos en la respiración del
lugar.
No pasó
mucho tiempo antes de que aparecieran unos extranjeros —gringos—, descendiendo
del monte con ese aire entre exhausto y maravillado que traen los que han visto
lo que no es cotidiano. Venían con guías, en expedición de aves. Habían partido
desde Manaure, en la Serranía del Perijá, y cruzaban ahora hacia la Sierra
Nevada en busca de especies que allá les fueron esquivas. Hablaban de rutas, de
migraciones, de nombres que para ellos eran hallazgo y para esta tierra,
costumbre.
Se fueron
como llegan esas presencias: sin dejar huella visible, pero alterando por un
instante el pulso del lugar.
Me quedé
conversando con los kogui. Misael salió a buscar plátanos. Los indígenas
compraron chirrinche, ese aguardiente primitivo hecho de panela, y lo
transformaron con un brebaje de curará, tomillo y romero. El líquido despedía
un olor áspero, vegetal, casi medicinal. Sin despedidas largas, emprendieron el
ascenso: cinco horas a pie, cuesta arriba, atravesando Guatapurí y San José. Se
internaron en la montaña como quien regresa a una casa que no necesita puertas.
Yo me quedé
con una botella de chirrinche, comprada en Atánquez, territorio kankuamo donde
la sierra empieza a hacerse más humana sin dejar de ser indómita.
Conversábamos,
dejándonos llevar por la tarde, cuando algo rompió la armonía.
Desde lo
alto del camino descendía una mujer indígena, aunque vestida a la manera urbana.
En su regazo traía una lechona: blanca, hermosa, viva… y profundamente
indignada. Chillaba con una furia que no parecía propia de su tamaño. Sus
guarridos atravesaron el aire, se estrellaron contra las casas, cubrieron el
murmullo del río Guatapurí, que corría cercano como una voz antigua.
Había huido.
No supe de
dónde, pero era evidente: aquella criatura había probado, aunque fuera por un
instante, el sabor de la libertad.
Al llegar a
su casa, la mujer la amarró a un poste. La soga le concedía apenas unos metros
de mundo. Un pequeño círculo de tierra: ese fue, de pronto, todo su universo.
Quizá movida
por una culpa instintiva, la dueña quiso apaciguarla. Tomó un guineo maduro, lo
abrió con cuidado y lo acercó a su hocico. El gesto era casi maternal.
Pero ocurrió
lo inesperado.
La cerdita
—esa criatura que la costumbre acusa de voraz— despreció el alimento. Volvió el
rostro con una dignidad que no admitía negociación. La mujer insistió, peló el
banano, lo ofreció de nuevo, con paciencia, con dulzura.
Nada.
La pequeña
se mantuvo firme en su negativa, como si en ese rechazo se jugara algo más
profundo que el hambre. Como si aceptar fuera rendirse.
Pasaron las
horas.
Cuando nos
fuimos, cerca de las cinco y media de la tarde, la luz ya empezaba a inclinarse
sobre las montañas. Y allí seguía ella: la cerdita enojada, intacta en su
protesta, fiel a una causa que solo ella comprendía.
Entonces lo
entendí —o quise entenderlo— mientras descendíamos en silencio:
La libertad,
aun en su forma más breve, deja una huella que ningún amarre borra.
Y todos
—hombres, mujeres, animales— llevamos dentro una porción irreductible de
carácter.
En
Valledupar, Casa e Campo, solar La Elisa, dado y acabado en 21 de marzo de 2026.
