lunes, 19 de octubre de 2026

 

LA DOCTRINA DE PTAHHOTEP

 

 

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Por: José Rafael Araujo Nigrinis

Hacia el tercer milenio antes de Cristo, Ptahhotep, influyente representante de la nobleza egipcia y visir encargado de la administración del Estado, reunió la experiencia acumulada durante su ejercicio en el poder y la plasmó en un tratado conocido como las Máximas del buen discurso. En ellas quedó reflejada una concepción del orden político y social propia de las clases dominantes del antiguo Egipto.

El fundamento de aquella doctrina era el concepto de Ma'at, entendido como el orden cósmico y social. La clase dominante invocaba esta fuerza cósmica, asociada con la verdad, el equilibrio y la justicia, como principio legitimador del orden establecido y mecanismo de control social. De este modo, no solo se justificaba el statu quo, sino que se enseñaba que la jerarquía social había sido determinada por los dioses desde la creación del mundo. Quien ocupaba una posición inferior quedaba sujeto a la autoridad de quien se encontraba por encima de él, considerado superior en virtud, nobleza y valor. A los subordinados se les exigían fidelidad, resignación y obediencia, pues su bienestar dependía, en buena medida, de la voluntad y la benevolencia de los poderosos.

En esa concepción del mundo, el faraón y sus delegados, investidos de autoridad divina, eran los únicos capaces de preservar la Ma'at e impedir la irrupción del Isfet, es decir, el caos. Rebelarse contra el rey o alterar la estructura jerárquica no constituía únicamente un delito político: representaba también una transgresión contra el orden cósmico, una amenaza que, según aquella visión, podía comprometer la existencia misma del universo.

Ptahhotep condenaba el egoísmo y la avaricia, a los que señalaba como males capaces de destruir incluso las buenas relaciones familiares. Asimismo, exhortaba a los superiores a evitar la soberbia, la humillación y cualquier conducta que pudiera ofender o perjudicar a sus subordinados. No obstante, estas recomendaciones de moderación no cuestionaban la estructura jerárquica; antes bien, buscaban preservar su estabilidad y prevenir el descontento de los desposeídos. Al final, la obediencia al superior seguía siendo una virtud fundamental. Así lo expresa una de sus máximas:

«Dobla el espinazo ante quien es tu jefe, jefe tuyo en la casa del rey; tu casa se destacará por su riqueza y tú fortalecerás la casa».

Al reflexionar sobre estos discursos —no solo los de Ptahhotep, sino también las Instrucciones del rey Merikare y, de época más reciente, las Advertencias de un sabio egipcio—, resulta difícil no advertir la persistencia de ciertos mecanismos de dominación psicológica y control social a lo largo de la historia de la humanidad. Cambian las épocas, las instituciones y los lenguajes con los que se justifica el poder, pero algunas de sus estrategias parecen sobrevivir a los siglos.

El fascismo ofrece un ejemplo revelador de esas semejanzas. La exigencia de «doblar el espinazo» ante el superior, guardar silencio y someterse a la jerarquía recuerda, en su lógica de obediencia, la subordinación del individuo a la autoridad absoluta. De igual manera, la idea de que desobedecer al faraón o a sus delegados atentaba contra la Ma'at encuentra un inquietante paralelo en la célebre consigna de Mussolini: «Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado».

En ambos casos, el desacuerdo deja de ser una expresión legítima de inconformidad para convertirse en una amenaza contra el orden colectivo. El disidente ya no es simplemente alguien que cuestiona al gobernante: pasa a ser presentado como un elemento perturbador, una fuerza caótica cuya existencia supuestamente pone en peligro la supervivencia de la comunidad.

También persiste el empleo de la cultura y la religión como instrumentos de adoctrinamiento y legitimación del poder. En los regímenes fascistas, estos recursos se combinaron con los avances tecnológicos y los nuevos medios de comunicación, que hicieron posible una propaganda de alcance masivo, difundida a través de instituciones estatales y medios puestos al servicio del régimen. En las sociedades antiguas, el arte también podía contribuir a consolidar la autoridad, representar el orden establecido como incuestionable y advertir, mediante imágenes y símbolos, sobre las consecuencias de la desobediencia.

¿Y qué decir del manejo del miedo, de las fobias y de la necesidad de identificar enemigos?

En el antiguo Egipto, la amenaza del Isfet, el caos que podía destruir el orden universal, servía para reforzar la necesidad de obedecer a quienes se presentaban como sus guardianes. En el fascismo, la propaganda señalaba enemigos internos y externos: el extranjero, el comunismo, la supuesta decadencia liberal, los inmigrantes y, en general, aquellos a quienes se identificaba como diferentes o contrarios al proyecto político dominante. Siempre había un enemigo al que temer; siempre existían «los otros».

Así, el miedo se convertía en una herramienta de cohesión y sometimiento: se prometía seguridad a cambio de obediencia y se justificaba la restricción de las libertades en nombre de la preservación del orden.

¡Qué caro termina siendo garantizar la seguridad, el orden y el bienestar cuando el precio que se paga es la pérdida de la libertad!

Nota bibliográfica: Este artículo surgió de la lectura de El Antiguo Egipto, de M. Beltrán del Alisal, publicado por Litografía Cultural, S. A., México, D. F., en 1978.

Valledupar, Casa 'e Campo, Solar La Elisa, 18 de octubre de 2026.

sábado, 10 de octubre de 2026

LA OMNIPOTENCIA SUPLICANTE



 

Por: José Rafael Araujo Nigrinis

 

Releyendo la Historia de la literatura española e hispanoamericana de Mauro Armiño, encontré en el apartado del Mester de Clerecía menciones a los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo. La obra de los Milagros, aunque escrita en el siglo XIII, narra hechos e historias que vienen de los siglos XI y XII, y tiene como eje central la actitud maternal y protectora de la Virgen María, reflejada a la perfección en "El monje embriagado". En este milagro, la piedad mariana no premia la perfección, sino que ampara la debilidad humana. Cuando un monje —tan devoto de Ella como del vino— es atacado por el demonio, la Virgen interviene físicamente para ahuyentarlo. Lejos de juzgarlo con dureza, lo acompaña, lo acuesta y lo cubre con un gesto entrañable y doméstico.

481.

El monge que por todo esto avié pasado,
De la carga del vino non era bien folgado,
Que vino e que miedo aviénlo tan sobado
Que tornar non podió a su lecho usado.


482.
La reina preciosa e de precioso fecho
Prísolo por la mano, levólo pora’l lecho,
Cubriólo con la manta e con el sobrelecho,
Púso’l so la cabeza el cabezal derecho.

483.
Demás, quando lo ovo en su lecho echado,
Sanctiguó’l con su diestra e fo bien sanctiguado;
Amigo –díssolo- fuelga ca eres muy lazrado,
Con un poco que duermas luego serás folgado.

484.
Pero esto te mando, a firmes te lo digo,
Cras mañana demanda a fulán mi amigo;
Confiésate con elli e serás bien conmigo
Ca es muy buen omne e dart’t á buen castigo

 

Estrofa 481

El monje, que había pasado por todo esto, aún sentía los efectos del vino; entre el miedo y el alcohol, no pudo volver a su cama habitual.

Estrofa 482

La maravillosa reina, de preciosa obra, le tomó de la mano, lo llevó a la cama, lo cubrió con mantas y le acomodó la almohada bajo la cabeza.

Estrofa 483

Después de acostarlo, lo bendijo con su mano, diciéndole: «Amigo, descansa, que estás agotado; un poco de sueño te aliviará».

Estrofa 484

«Pero te ordeno esto, escúchame bien: mañana busca a tal persona, amigo mío; confiésate con él para estar en paz conmigo, pues es un buen hombre y te dará un buen consejo».

 

La Virgen es la gran intercesora. Dios Padre y Jesucristo son vistos como figuras de autoridad máxima y jueces —el Pantocrátor— ante quienes la humanidad se doblega con un temor reverencial e invencible frente a la amenaza de la condenación eterna.

Ante la necesidad de un puente humanizado entre el Dios juez y el hombre pecador, María asumía el rol de abogada de los desvalidos. Se creía que, tras la muerte, el diablo y la Virgen se disputaban el alma del difunto. El demonio actuaba como fiscal, acusando con la ley en la mano, mientras María ejercía la defensa. Bastaba que el pecador demostrara su devoción con un Ave María, una penitencia o la confesión para asegurar su amparo.

Desde el punto de vista teológico, la Virgen es la "Omnipotencia Suplicante". Por su condición de madre del Creador, su capacidad de intercesión es tan inmensa y perfecta que Dios jamás rechaza sus peticiones. Ella no se atiene a la perfección moral, sino que, por su amor incondicional, valora la fidelidad y el afecto filial de sus devotos.

En los Milagros de Nuestra Señora, Berceo rescata a ladrones, clérigos corruptos y monjes borrachos.

 

"¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?".

 

Valledupar, Casa é Campo, Solar La Elisa, 29 de julio de 2026, día de Santa Marta

 

martes, 6 de octubre de 2026

 


UNA MAÑANA CON SANTANDER

 

Por: José Rafael Araujo Nigrinis

 

Se fueron, se fueron las bananeras.

Explotaron, explotaron la nación.

Solo quedan los recuerdos de otras eras

añoranzas y quimeras, deudas, penas y dolor

Ya Carlos Mendiola —Andrés Mendiola, de la nueva trova vallenata— me había advertido que me llevaría hasta mi casa una visita ilustre. Sin embargo, no mencionó nombre alguno ni me dio pista sobre quién podía ser.

Cuando aquella mañana llamaron a la puerta, descubrí con sorpresa que ya habían franqueado el portón que antecede la casa. ¡Sorpresa mayor! El visitante ilustre no era otro que Santander Durán Escalona: ícono de la música vallenata, destacado cantautor, compositor y poeta del folclor vallenato; “Rey de Reyes” de la canción inédita del Festival de la Leyenda Vallenata; ensayista e investigador de nuestras tradiciones musicales; autor del libro La Parranda Vallenata, obra en la que aparece el célebre “Decálogo de la Parranda Vallenata”.

Ha sido, además, merecedor del Libro de Oro de la Literatura Colombiana otorgado por el Parlamento Internacional de Escritores. Entre sus composiciones figuran obras memorables como Ausencia, Diosa de la Serranía, Palabras al Viento, Añoranzas del Cesar —himno sentimental del movimiento creador del departamento—, La Protesta de las Bananeras, Lamento Arhuaco y, más recientemente, Una Carta en Menguante, apenas algunas de las muchas páginas musicales que ha legado al cancionero vallenato.

Pero todos esos reconocimientos y éxitos resultan poca cosa cuando se trata de descubrir su verdadera dimensión humana. ¡Qué calidad y qué calidez! ¡Qué manera de transmitir conocimiento, memoria y experiencia! ¡Qué conversación tan grata, tan lúcida y amena!

Conversamos sentados alrededor de una mesa, bajo la sombra de unos olivos negros, acompañados por corales y trinitarias florecidas. Estaban también Carlos Mendiola —emisario de tan grata visita—, uno de mis perros, Harry, y el inconfundible aroma de un café Carmen Montero.

Discurrimos sobre lo divino y lo humano; sobre lo antiguo y lo nuevo; lo espiritual y lo práctico; sobre lo que ha significado el trasegar político y cultural del viejo Magdalena Grande a lo largo de los últimos cien años.

Rememoramos a Gabriel García Márquez y su Macondo; hablamos de las influencias masónicas de comienzos del siglo XX, de las viejas familias militares de las guerras civiles y, por supuesto, de la tragedia de la Masacre de las Bananeras, asunto que toca tanto a su familia como a la mía, por historias, intereses y memorias de aquella época. Conversamos también acerca de cómo se gestó la huelga bananera y, naturalmente, salió a relucir la noticia de la novela que el maestro ha escrito sobre ese episodio histórico y que, ojalá pronto, verá la luz pública.

Recordé entonces, al hablar de las Bananeras, a mi querido y respetado profesor de Derecho Laboral Colectivo, Pepe Gnecco Correa, quien dedicó extensas lecciones al estudio de aquellos acontecimientos que marcaron para siempre la historia social y política del Caribe colombiano.

Hablamos también de ancestros y linajes: de mis Nigrinis Díazgranados y de los Durán y Escalona; del general José Rosario Durán López y del coronel Clemente Escalona; de Ciénaga y La Elisa; de Río Frío y El Carital; de Macondo, Aracataca y sus alrededores, para terminar aterrizando, inevitablemente, en Patillal y Valledupar.

¡Qué mañana aquella!

Quedó en volver.

 

Valledupar, Casa é Campo, La Elisa, 29 de mayo de 2026


 

                                                          Fotografía tomada de la Internet


¡El diablo sí existe porque yo lo vi!

Por: José Rafael Araujo Nigrinis

Conversábamos sobre apariciones, fantasmas, espíritus y demonios en un corrillo de ocho muchachos, ninguno mayor de nueve años. En la provincia del Corazón del Mundo —la Sierra Nevada de Santa Marta— hablar de seres intangibles pero manifestados no era asunto extraño entre infantes. Espectros y regresados del más allá alimentaban las tertulias vespertinas y las confidencias nocturnas; pero mencionar al diablo… eso pertenecía ya a otra jerarquía del miedo.

Dije: ¡El diablo sí existe porque yo lo ví!

—¡Si hubieras visto al diablo, estarías muerto! —sentenció Rafaelito, el de Aminta, con voz alarmada.

Y sí, lo vi. Pero no era ese diablo. No descendí al infierno ni del averno vino emisario alguno a visitarme.

Con el tiempo comprendí que aquella aparición que me estremeció —yo tendría cuatro o cinco años— no fue más que una burla cruel, una inocentada sin inocencia, urdida por las mujeres encargadas del servicio doméstico en mi casa. Una de ellas se había disfrazado de Satanás. Lo supe años después, cuando en época de carnaval pasó por la calle, frente a mi casa, un “capuchón”, idéntico al ser que se me apareció aquella tarde terrible: cabeza roja y cuerpo amarillo encendido.

El Capuchón fue un atavío utilizado antaño por participantes de las fiestas de independencia en Cartagena de Indias, como gesto de irreverencia frente al despotismo y a la severidad inquisitorial. Más tarde migró a los carnavales del Caribe. En sus orígenes lo usaban hombres y mujeres; después quedó casi exclusivamente en manos femeninas —o de quienes necesitaban resguardar su identidad— para evitar ser reconocidos por sus propios parejos en los bailes de carnaval.

Lo que comenzó como sátira política terminó convertido en eficaz estrategia para desatar pasiones clandestinas: lujurias y adulterios protegidos por la máscara, todo ello en el marco del carnaval, ese ritual de catarsis colectiva que antecede a la Cuaresma y prepara, paradójicamente, el tránsito hacia la Semana de Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

Curioso —y revelador— que el diablo que me horrorizó tuviera la misma fisonomía de aquellos capuchones primigenios de Cartagena: capucha roja y bata amarilla.

La imaginación infantil hizo el resto. La capucha roja evocaba, sin yo saberlo entonces, una de las tres caras de Lucifer descritas por Dante Alighieri en la Divina Comedia: la del centro, roja; la derecha, entre blanca y amarillenta; la izquierda, negra. En cuanto a la batola amarilla, remitía al sambenito —capa o escapulario impuesto por la Inquisición a los reconciliados con la Iglesia—, prenda que en la Cartagena colonial marcaba públicamente al penitente durante el tiempo de su condena. El negro, en cambio, era para los sentenciados a muerte. El término sambenito, según algunos, no sería sino una mutación de “saco bendito”, luego “san bendito”, deformado por el uso popular.

Resulta aún más sugerente advertir que mientras en el siglo XIV Dante imaginaba a Lucifer con tres rostros, al otro lado del océano —en lo que los europeos llamarían Indias Occidentales— los muiscas, en los territorios de Hunga, hoy Tunja, ya veneraban figuras con tres cabezas humanas o tres rostros en un solo cuerpo. ¿Simbolismo trinitario? ¿Tres personas con un solo corazón? ¿Una intuición remota del misterio de la Santísima Trinidad? ¿O acaso la contracara simbólica de las tres virtudes teologales —Fe, Esperanza y Caridad—, invertidas en impotencia, ignorancia y odio?

Así, lo que comenzó como el susto de un niño termina revelando la superposición de máscaras: carnaval y catecismo, sátira y castigo, mito indígena y teología medieval. Y tal vez el verdadero diablo no fue aquel disfraz rojo y amarillo, sino la capacidad humana de revestir el miedo con símbolos que atraviesan los siglos.

Valledupar, Casa ‘e Campo, Solar La Elisa, 2 de octubre de 2026


viernes, 2 de octubre de 2026


                                                       DON BOSCO Y EL GRIS

 Ilustración generada con inteligencia artificial a partir de una propuesta y dirección creativa de José Rafael Araujo Nigrinis.

DON BOSCO Y EL GRIS

Por: José Rafael Araujo Nigrinis

Si Mariana me preguntara, abuelo, ¿los ángeles pueden convertirse en perros?

Pensar en esa inquietante cuestión me obligó a mirar el silencio durante mucho tiempo. Y cada vez que el peso de los años me devuelve a una antigua historia de Italia, la respuesta se dibuja en mi mente una certeza: sí, los ángeles podrían adoptar las formas más inesperadas.

Hace más de ciento ochenta años, en la industriosa Turín, habitaba un sacerdote llamado Juan Bosco. Para los muchachos de los callejones, sin embargo, era simplemente Don Bosco. La ciudad de aquel entonces parecía atrapada en un letargo de piedra y hollín, empezaba la era industrial; al caer la tarde, una niebla densa y fantasmal descendía sobre los tejados, fundiéndose con el humo de las fábricas. En las noches, las escasas farolas de gas titilaban como velas agonizantes, incapaces de disipar las sombras que se agazapaban en los pasajes oscuros.

En ese escenario de penumbra sobrevivían cientos de niños olvidados. Pequeños sin hogar o atrapados en talleres donde los adultos les hacían consumir sus fuerzas antes de tiempo. Don Bosco no podía mirar hacia otro lado frente a ese dolor. Mientras la ciudad dormía el sueño de los indiferentes, él caminaba entre la neblina buscando almas para ofrecerles pan, un techo y el milagro de una esperanza. Les enseñaba oficios dignos, rescatando sus vidas de la miseria.

Pero desafiar al mundo siempre despierta enemistades. Hubo quienes lo persiguieron con burlas, amenazas y planes siniestros. Fue justamente en la hora más vulnerable de su misión cuando el cielo le envió una respuesta.

Una noche de otoño, el sacerdote regresaba solo por una calle desierta. El aire era tan espeso que la niebla borraba las fachadas y los puntos de referencia. De pronto, el silencio se rompió con un leve crujido. Al voltear, Don Bosco lo vio.

A pocos pasos se materializó un perro enorme. No pertenecía a ninguna raza conocida; su pelaje, de un gris ceniza, absorbía la débil luz de los faroles, y sus ojos fijos irradiaban una inteligencia mística, un brillo que no correspondía a este mundo. Había brotado de la nada, como si la misma niebla se hubiera compactado para darle forma. Sorprendentemente, el temor inicial del sacerdote se disipó al instante, reemplazado por una paz inexplicable que inundó su cuerpo.

El guardián se acercó, movió la cola una sola vez y se colocó a su lado, escoltándolo en silencio hasta el umbral de su casa.

—Ven, entra —le invitó Don Bosco, conmovido.

Pero al girarse para guiarlo, el espacio estaba vacío. El animal se había desvanecido en el aire, sin dejar huellas en el suelo húmedo, como si hubiera sido solo un eco visual.

A partir de esa noche, el prodigio se convirtió en un faro constante. El Gris —Il Grigio, como lo bautizó el santo— aparecía siempre en el segundo exacto en que el peligro acechaba o cuando los callejones se tornaban más oscuros. Surgía de las sombras como un centinela celestial, mudo y feroz contra los atacantes, pero dócil y protector con el sacerdote.

Los muchachos del oratorio, que no era una simple iglesia sino un refugio vivo de cantos, juegos y aprendizaje, intentaron seguirlo docenas de veces para descubrir su origen. Querían saber dónde dormía, quién lo alimentaba, cuál era su procedencia. Todo fue en vano. El animal caminaba unos metros y se disolvía entre los árboles. No tenía rastro terrenal.

En una ocasión, un grupo de asaltantes acechó a Don Bosco con intenciones fatales. La situación parecía no tener salida. De pronto, la temperatura pareció descender y de la absoluta nada emergió El Gris, mostrando los dientes con un gruñido que infundió un terror sobrenatural en los atacantes, quienes huyeron despavoridos. El extraño protector custodió al sacerdote hasta que la calma regresó a las calles y luego volvió a fundirse con el misterio.

Durante casi tres décadas, el milagro se repitió. Treinta años, Mariana. Piensa en la magnitud de ese número: un guardián sin tiempo, sin dueño, sin edad, cruzando la frontera de lo invisible solo para cumplir una misión divina.

Y así como llegó, un día se marchó para siempre. No hubo despedidas, ni rastro, ni cuerpo que enterrar. Simplemente, la misión del centinela había concluido.

Muchos buscaron explicaciones lógicas, pero la lógica es un traje demasiado pequeño para los misterios que nos rondan. Yo, Mariana, prefiero creer que EL GRIS era el Ángel de la Guarda de Don Bosco, que cambió sus alas por colmillos y garras para proteger al santo.

 

Valledupar, Casa ‘e Campo, La Elisa, 20 de junio de 2026



 

La cerdita enojona

Por: José Rafael Araujo Nigrinis

Es veinte de marzo. Ayer celebrábamos a San José, mi onomástico: patriarca silencioso, esposo de la Virgen María, padre nutricio de Jesús. Hay días que no pasan en vano, que dejan un leve resplandor en la memoria. Hoy es otro de esos: cumple años mi tesoro más íntimo, mi nieta Mariana Sofía.

La invitación de mi amigo Carlos Mendiola me llevó a internarme en la Sierra Nevada, hasta Chemesquemena, un caserío suspendido entre montañas donde el tiempo parece caminar descalzo. Llegamos a las dos de la tarde, cuando la luz cae vertical y el aire se vuelve denso, casi sagrado.

Lo primero que vimos fue una patrulla militar: muchachos imberbes, con rostros todavía a medio hacer, sosteniendo fusiles que parecían demasiado grandes para sus manos. La guerra, pensé, también aprende a habitar los lugares más remotos.

Por el camino descendían los estudiantes, vestidos al modo kogui: blancos de pies a cabeza, como si llevaran encima la claridad de la nieve que alguna vez cubrió esas cumbres. Caminaban en silencio, con esa serenidad antigua que no necesita explicarse.

Mendiola siguió su ascenso hacia la finca. Misael y yo nos quedamos en casa de Ricaurte, comerciante del pueblo y hombre de hospitalidad sobria. Allí, en una pausa que parecía ritual, estaban tres kogui y una mujer arhuaca. Nos ofrecieron asiento. Nos sentamos. Y en ese gesto mínimo, quedamos admitidos en la respiración del lugar.

No pasó mucho tiempo antes de que aparecieran unos extranjeros —gringos—, descendiendo del monte con ese aire entre exhausto y maravillado que traen los que han visto lo que no es cotidiano. Venían con guías, en expedición de aves. Habían partido desde Manaure, en la Serranía del Perijá, y cruzaban ahora hacia la Sierra Nevada en busca de especies que allá les fueron esquivas. Hablaban de rutas, de migraciones, de nombres que para ellos eran hallazgo y para esta tierra, costumbre.

Se fueron como llegan esas presencias: sin dejar huella visible, pero alterando por un instante el pulso del lugar.

Me quedé conversando con los kogui. Misael salió a buscar plátanos. Los indígenas compraron chirrinche, ese aguardiente primitivo hecho de panela, y lo transformaron con un brebaje de curará, tomillo y romero. El líquido despedía un olor áspero, vegetal, casi medicinal. Sin despedidas largas, emprendieron el ascenso: cinco horas a pie, cuesta arriba, atravesando Guatapurí y San José. Se internaron en la montaña como quien regresa a una casa que no necesita puertas.

Yo me quedé con una botella de chirrinche, comprada en Atánquez, territorio kankuamo donde la sierra empieza a hacerse más humana sin dejar de ser indómita.

Conversábamos, dejándonos llevar por la tarde, cuando algo rompió la armonía.

Desde lo alto del camino descendía una mujer indígena, aunque vestida a la manera urbana. En su regazo traía una lechona: blanca, hermosa, viva… y profundamente indignada. Chillaba con una furia que no parecía propia de su tamaño. Sus guarridos atravesaron el aire, se estrellaron contra las casas, cubrieron el murmullo del río Guatapurí, que corría cercano como una voz antigua.

Había huido.

No supe de dónde, pero era evidente: aquella criatura había probado, aunque fuera por un instante, el sabor de la libertad.

Al llegar a su casa, la mujer la amarró a un poste. La soga le concedía apenas unos metros de mundo. Un pequeño círculo de tierra: ese fue, de pronto, todo su universo.

Quizá movida por una culpa instintiva, la dueña quiso apaciguarla. Tomó un guineo maduro, lo abrió con cuidado y lo acercó a su hocico. El gesto era casi maternal.

Pero ocurrió lo inesperado.

La cerdita —esa criatura que la costumbre acusa de voraz— despreció el alimento. Volvió el rostro con una dignidad que no admitía negociación. La mujer insistió, peló el banano, lo ofreció de nuevo, con paciencia, con dulzura.

Nada.

La pequeña se mantuvo firme en su negativa, como si en ese rechazo se jugara algo más profundo que el hambre. Como si aceptar fuera rendirse.

Pasaron las horas.

Cuando nos fuimos, cerca de las cinco y media de la tarde, la luz ya empezaba a inclinarse sobre las montañas. Y allí seguía ella: la cerdita enojada, intacta en su protesta, fiel a una causa que solo ella comprendía.

Entonces lo entendí —o quise entenderlo— mientras descendíamos en silencio:

La libertad, aun en su forma más breve, deja una huella que ningún amarre borra.

Y todos —hombres, mujeres, animales— llevamos dentro una porción irreductible de carácter.

En Valledupar, Casa e Campo, solar La Elisa, dado y acabado en 21 de marzo de 2026.

miércoles, 5 de agosto de 2026

 5 de agosto 2026

La cerdita enojona

Por: José Rafael Araujo Nigrinis

Es veinte de marzo. Ayer celebrábamos a San José, mi onomástico: patriarca silencioso, esposo de la Virgen María, padre nutricio de Jesús. Hay días que no pasan en vano, que dejan un leve resplandor en la memoria. Hoy es otro de esos: cumple años mi tesoro más íntimo, mi nieta Mariana Sofía.

La invitación de mi amigo Carlos Mendiola me llevó a internarme en la Sierra Nevada, hasta Chemesquemena, un caserío suspendido entre montañas donde el tiempo parece caminar descalzo. Llegamos a las dos de la tarde, cuando la luz cae vertical y el aire se vuelve denso, casi sagrado.

Lo primero que vimos fue una patrulla militar: muchachos imberbes, con rostros todavía a medio hacer, sosteniendo fusiles que parecían demasiado grandes para sus manos. La guerra, pensé, también aprende a habitar los lugares más remotos.

Por el camino descendían los estudiantes, vestidos al modo kogui: blancos de pies a cabeza, como si llevaran encima la claridad de la nieve que alguna vez cubrió esas cumbres. Caminaban en silencio, con esa serenidad antigua que no necesita explicarse.

Mendiola siguió su ascenso hacia la finca. Misael y yo nos quedamos en casa de Ricaurte, comerciante del pueblo y hombre de hospitalidad sobria. Allí, en una pausa que parecía ritual, estaban tres kogui y una mujer arhuaca. Nos ofrecieron asiento. Nos sentamos. Y en ese gesto mínimo, quedamos admitidos en la respiración del lugar.

No pasó mucho tiempo antes de que aparecieran unos extranjeros —gringos—, descendiendo del monte con ese aire entre exhausto y maravillado que traen los que han visto lo que no es cotidiano. Venían con guías, en expedición de aves. Habían partido desde Manaure, en la Serranía del Perijá, y cruzaban ahora hacia la Sierra Nevada en busca de especies que allá les fueron esquivas. Hablaban de rutas, de migraciones, de nombres que para ellos eran hallazgo y para esta tierra, costumbre.

Se fueron como llegan esas presencias: sin dejar huella visible, pero alterando por un instante el pulso del lugar.

Me quedé conversando con los kogui. Misael salió a buscar plátanos. Los indígenas compraron chirrinche, ese aguardiente primitivo hecho de panela, y lo transformaron con un brebaje de curará, tomillo y romero. El líquido despedía un olor áspero, vegetal, casi medicinal. Sin despedidas largas, emprendieron el ascenso: cinco horas a pie, cuesta arriba, atravesando Guatapurí y San José. Se internaron en la montaña como quien regresa a una casa que no necesita puertas.

Yo me quedé con una botella de chirrinche, comprada en Atánquez, territorio kankuamo donde la sierra empieza a hacerse más humana sin dejar de ser indómita.

Conversábamos, dejándonos llevar por la tarde, cuando algo rompió la armonía.

Desde lo alto del camino descendía una mujer indígena, aunque vestida a la manera urbana. En su regazo traía una lechona: blanca, hermosa, viva… y profundamente indignada. Chillaba con una furia que no parecía propia de su tamaño. Sus guarridos atravesaron el aire, se estrellaron contra las casas, cubrieron el murmullo del río Guatapurí, que corría cercano como una voz antigua.

Había huido.

No supe de dónde, pero era evidente: aquella criatura había probado, aunque fuera por un instante, el sabor de la libertad.

Al llegar a su casa, la mujer la amarró a un poste. La soga le concedía apenas unos metros de mundo. Un pequeño círculo de tierra: ese fue, de pronto, todo su universo.

Quizá movida por una culpa instintiva, la dueña quiso apaciguarla. Tomó un guineo maduro, lo abrió con cuidado y lo acercó a su hocico. El gesto era casi maternal.

Pero ocurrió lo inesperado.

La cerdita —esa criatura que la costumbre acusa de voraz— despreció el alimento. Volvió el rostro con una dignidad que no admitía negociación. La mujer insistió, peló el banano, lo ofreció de nuevo, con paciencia, con dulzura.

Nada.

La pequeña se mantuvo firme en su negativa, como si en ese rechazo se jugara algo más profundo que el hambre. Como si aceptar fuera rendirse.

Pasaron las horas.

Cuando nos fuimos, cerca de las cinco y media de la tarde, la luz ya empezaba a inclinarse sobre las montañas. Y allí seguía ella: la cerdita enojada, intacta en su protesta, fiel a una causa que solo ella comprendía.

Entonces lo entendí —o quise entenderlo— mientras descendíamos en silencio:

La libertad, aun en su forma más breve, deja una huella que ningún amarre borra.

Y todos —hombres, mujeres, animales— llevamos dentro una porción irreductible de carácter.

En Valledupar, Casa e Campo, solar La Elisa, dado y acabado en 21 de marzo de 2026.