UNA MAÑANA
CON SANTANDER
Por: José Rafael Araujo
Nigrinis
Se fueron, se fueron las bananeras.
Explotaron, explotaron la nación.
Solo quedan los recuerdos de otras eras
añoranzas y quimeras, deudas, penas y dolor
Ya Carlos Mendiola —Andrés Mendiola, de la nueva trova
vallenata— me había advertido que me llevaría hasta mi casa una visita ilustre.
Sin embargo, no mencionó nombre alguno ni me dio pista sobre quién podía ser.
Cuando aquella mañana llamaron a la puerta, descubrí con
sorpresa que ya habían franqueado el portón que antecede la casa. ¡Sorpresa
mayor! El visitante ilustre no era otro que Santander Durán Escalona: ícono de
la música vallenata, destacado cantautor, compositor y poeta del folclor
vallenato; “Rey de Reyes” de la canción inédita del Festival de la Leyenda
Vallenata; ensayista e investigador de nuestras tradiciones musicales; autor
del libro La Parranda
Vallenata, obra en la que aparece el célebre “Decálogo de la
Parranda Vallenata”.
Ha sido, además, merecedor del Libro de Oro de la
Literatura Colombiana otorgado por el Parlamento Internacional de Escritores.
Entre sus composiciones figuran obras memorables como Ausencia, Diosa de la Serranía, Palabras al Viento, Añoranzas del Cesar —himno
sentimental del movimiento creador del departamento—, La Protesta de las Bananeras, Lamento
Arhuaco y, más recientemente, Una
Carta en Menguante, apenas algunas de las muchas páginas musicales
que ha legado al cancionero vallenato.
Pero todos esos reconocimientos y éxitos resultan poca cosa
cuando se trata de descubrir su verdadera dimensión humana. ¡Qué calidad y qué
calidez! ¡Qué manera de transmitir conocimiento, memoria y experiencia! ¡Qué
conversación tan grata, tan lúcida y amena!
Conversamos sentados alrededor de una mesa, bajo la sombra
de unos olivos negros, acompañados por corales y trinitarias florecidas.
Estaban también Carlos Mendiola —emisario de tan grata visita—, uno de mis
perros, Harry, y el inconfundible aroma de un café Carmen Montero.
Discurrimos sobre lo divino y lo humano; sobre lo antiguo y
lo nuevo; lo espiritual y lo práctico; sobre lo que ha significado el trasegar
político y cultural del viejo Magdalena Grande a lo largo de los últimos cien
años.
Rememoramos a Gabriel García Márquez y su Macondo; hablamos
de las influencias masónicas de comienzos del siglo XX, de las viejas familias
militares de las guerras civiles y, por supuesto, de la tragedia de la Masacre
de las Bananeras, asunto que toca tanto a su familia como a la mía, por
historias, intereses y memorias de aquella época. Conversamos también acerca de
cómo se gestó la huelga bananera y, naturalmente, salió a relucir la noticia de
la novela que el maestro ha escrito sobre ese episodio histórico y que, ojalá
pronto, verá la luz pública.
Recordé entonces, al hablar de las Bananeras, a mi querido
y respetado profesor de Derecho Laboral Colectivo, Pepe Gnecco Correa, quien
dedicó extensas lecciones al estudio de aquellos acontecimientos que marcaron
para siempre la historia social y política del Caribe colombiano.
Hablamos también de ancestros y linajes: de mis Nigrinis
Díazgranados y de los Durán y Escalona; del general José Rosario Durán López y
del coronel Clemente Escalona; de Ciénaga y La Elisa; de Río Frío y El Carital;
de Macondo, Aracataca y sus alrededores, para terminar aterrizando,
inevitablemente, en Patillal y Valledupar.
¡Qué mañana aquella!
Quedó
en volver.
Valledupar, Casa é Campo, La Elisa, 29
de mayo de 2026



