martes, 6 de octubre de 2026

 


UNA MAÑANA CON SANTANDER

 

Por: José Rafael Araujo Nigrinis

 

Se fueron, se fueron las bananeras.

Explotaron, explotaron la nación.

Solo quedan los recuerdos de otras eras

añoranzas y quimeras, deudas, penas y dolor

Ya Carlos Mendiola —Andrés Mendiola, de la nueva trova vallenata— me había advertido que me llevaría hasta mi casa una visita ilustre. Sin embargo, no mencionó nombre alguno ni me dio pista sobre quién podía ser.

Cuando aquella mañana llamaron a la puerta, descubrí con sorpresa que ya habían franqueado el portón que antecede la casa. ¡Sorpresa mayor! El visitante ilustre no era otro que Santander Durán Escalona: ícono de la música vallenata, destacado cantautor, compositor y poeta del folclor vallenato; “Rey de Reyes” de la canción inédita del Festival de la Leyenda Vallenata; ensayista e investigador de nuestras tradiciones musicales; autor del libro La Parranda Vallenata, obra en la que aparece el célebre “Decálogo de la Parranda Vallenata”.

Ha sido, además, merecedor del Libro de Oro de la Literatura Colombiana otorgado por el Parlamento Internacional de Escritores. Entre sus composiciones figuran obras memorables como Ausencia, Diosa de la Serranía, Palabras al Viento, Añoranzas del Cesar —himno sentimental del movimiento creador del departamento—, La Protesta de las Bananeras, Lamento Arhuaco y, más recientemente, Una Carta en Menguante, apenas algunas de las muchas páginas musicales que ha legado al cancionero vallenato.

Pero todos esos reconocimientos y éxitos resultan poca cosa cuando se trata de descubrir su verdadera dimensión humana. ¡Qué calidad y qué calidez! ¡Qué manera de transmitir conocimiento, memoria y experiencia! ¡Qué conversación tan grata, tan lúcida y amena!

Conversamos sentados alrededor de una mesa, bajo la sombra de unos olivos negros, acompañados por corales y trinitarias florecidas. Estaban también Carlos Mendiola —emisario de tan grata visita—, uno de mis perros, Harry, y el inconfundible aroma de un café Carmen Montero.

Discurrimos sobre lo divino y lo humano; sobre lo antiguo y lo nuevo; lo espiritual y lo práctico; sobre lo que ha significado el trasegar político y cultural del viejo Magdalena Grande a lo largo de los últimos cien años.

Rememoramos a Gabriel García Márquez y su Macondo; hablamos de las influencias masónicas de comienzos del siglo XX, de las viejas familias militares de las guerras civiles y, por supuesto, de la tragedia de la Masacre de las Bananeras, asunto que toca tanto a su familia como a la mía, por historias, intereses y memorias de aquella época. Conversamos también acerca de cómo se gestó la huelga bananera y, naturalmente, salió a relucir la noticia de la novela que el maestro ha escrito sobre ese episodio histórico y que, ojalá pronto, verá la luz pública.

Recordé entonces, al hablar de las Bananeras, a mi querido y respetado profesor de Derecho Laboral Colectivo, Pepe Gnecco Correa, quien dedicó extensas lecciones al estudio de aquellos acontecimientos que marcaron para siempre la historia social y política del Caribe colombiano.

Hablamos también de ancestros y linajes: de mis Nigrinis Díazgranados y de los Durán y Escalona; del general José Rosario Durán López y del coronel Clemente Escalona; de Ciénaga y La Elisa; de Río Frío y El Carital; de Macondo, Aracataca y sus alrededores, para terminar aterrizando, inevitablemente, en Patillal y Valledupar.

¡Qué mañana aquella!

Quedó en volver.

 

Valledupar, Casa é Campo, La Elisa, 29 de mayo de 2026


 

                                                          Fotografía tomada de la Internet


¡El diablo sí existe porque yo lo vi!

Por: José Rafael Araujo Nigrinis

Conversábamos sobre apariciones, fantasmas, espíritus y demonios en un corrillo de ocho muchachos, ninguno mayor de nueve años. En la provincia del Corazón del Mundo —la Sierra Nevada de Santa Marta— hablar de seres intangibles pero manifestados no era asunto extraño entre infantes. Espectros y regresados del más allá alimentaban las tertulias vespertinas y las confidencias nocturnas; pero mencionar al diablo… eso pertenecía ya a otra jerarquía del miedo.

Dije: ¡El diablo sí existe porque yo lo ví!

—¡Si hubieras visto al diablo, estarías muerto! —sentenció Rafaelito, el de Aminta, con voz alarmada.

Y sí, lo vi. Pero no era ese diablo. No descendí al infierno ni del averno vino emisario alguno a visitarme.

Con el tiempo comprendí que aquella aparición que me estremeció —yo tendría cuatro o cinco años— no fue más que una burla cruel, una inocentada sin inocencia, urdida por las mujeres encargadas del servicio doméstico en mi casa. Una de ellas se había disfrazado de Satanás. Lo supe años después, cuando en época de carnaval pasó por la calle, frente a mi casa, un “capuchón”, idéntico al ser que se me apareció aquella tarde terrible: cabeza roja y cuerpo amarillo encendido.

El Capuchón fue un atavío utilizado antaño por participantes de las fiestas de independencia en Cartagena de Indias, como gesto de irreverencia frente al despotismo y a la severidad inquisitorial. Más tarde migró a los carnavales del Caribe. En sus orígenes lo usaban hombres y mujeres; después quedó casi exclusivamente en manos femeninas —o de quienes necesitaban resguardar su identidad— para evitar ser reconocidos por sus propios parejos en los bailes de carnaval.

Lo que comenzó como sátira política terminó convertido en eficaz estrategia para desatar pasiones clandestinas: lujurias y adulterios protegidos por la máscara, todo ello en el marco del carnaval, ese ritual de catarsis colectiva que antecede a la Cuaresma y prepara, paradójicamente, el tránsito hacia la Semana de Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

Curioso —y revelador— que el diablo que me horrorizó tuviera la misma fisonomía de aquellos capuchones primigenios de Cartagena: capucha roja y bata amarilla.

La imaginación infantil hizo el resto. La capucha roja evocaba, sin yo saberlo entonces, una de las tres caras de Lucifer descritas por Dante Alighieri en la Divina Comedia: la del centro, roja; la derecha, entre blanca y amarillenta; la izquierda, negra. En cuanto a la batola amarilla, remitía al sambenito —capa o escapulario impuesto por la Inquisición a los reconciliados con la Iglesia—, prenda que en la Cartagena colonial marcaba públicamente al penitente durante el tiempo de su condena. El negro, en cambio, era para los sentenciados a muerte. El término sambenito, según algunos, no sería sino una mutación de “saco bendito”, luego “san bendito”, deformado por el uso popular.

Resulta aún más sugerente advertir que mientras en el siglo XIV Dante imaginaba a Lucifer con tres rostros, al otro lado del océano —en lo que los europeos llamarían Indias Occidentales— los muiscas, en los territorios de Hunga, hoy Tunja, ya veneraban figuras con tres cabezas humanas o tres rostros en un solo cuerpo. ¿Simbolismo trinitario? ¿Tres personas con un solo corazón? ¿Una intuición remota del misterio de la Santísima Trinidad? ¿O acaso la contracara simbólica de las tres virtudes teologales —Fe, Esperanza y Caridad—, invertidas en impotencia, ignorancia y odio?

Así, lo que comenzó como el susto de un niño termina revelando la superposición de máscaras: carnaval y catecismo, sátira y castigo, mito indígena y teología medieval. Y tal vez el verdadero diablo no fue aquel disfraz rojo y amarillo, sino la capacidad humana de revestir el miedo con símbolos que atraviesan los siglos.

Valledupar, Casa ‘e Campo, Solar La Elisa, 2 de octubre de 2026


viernes, 2 de octubre de 2026


                                                       DON BOSCO Y EL GRIS

 Ilustración generada con inteligencia artificial a partir de una propuesta y dirección creativa de José Rafael Araujo Nigrinis.

DON BOSCO Y EL GRIS

Por: José Rafael Araujo Nigrinis

Si Mariana me preguntara, abuelo, ¿los ángeles pueden convertirse en perros?

Pensar en esa inquietante cuestión me obligó a mirar el silencio durante mucho tiempo. Y cada vez que el peso de los años me devuelve a una antigua historia de Italia, la respuesta se dibuja en mi mente una certeza: sí, los ángeles podrían adoptar las formas más inesperadas.

Hace más de ciento ochenta años, en la industriosa Turín, habitaba un sacerdote llamado Juan Bosco. Para los muchachos de los callejones, sin embargo, era simplemente Don Bosco. La ciudad de aquel entonces parecía atrapada en un letargo de piedra y hollín, empezaba la era industrial; al caer la tarde, una niebla densa y fantasmal descendía sobre los tejados, fundiéndose con el humo de las fábricas. En las noches, las escasas farolas de gas titilaban como velas agonizantes, incapaces de disipar las sombras que se agazapaban en los pasajes oscuros.

En ese escenario de penumbra sobrevivían cientos de niños olvidados. Pequeños sin hogar o atrapados en talleres donde los adultos les hacían consumir sus fuerzas antes de tiempo. Don Bosco no podía mirar hacia otro lado frente a ese dolor. Mientras la ciudad dormía el sueño de los indiferentes, él caminaba entre la neblina buscando almas para ofrecerles pan, un techo y el milagro de una esperanza. Les enseñaba oficios dignos, rescatando sus vidas de la miseria.

Pero desafiar al mundo siempre despierta enemistades. Hubo quienes lo persiguieron con burlas, amenazas y planes siniestros. Fue justamente en la hora más vulnerable de su misión cuando el cielo le envió una respuesta.

Una noche de otoño, el sacerdote regresaba solo por una calle desierta. El aire era tan espeso que la niebla borraba las fachadas y los puntos de referencia. De pronto, el silencio se rompió con un leve crujido. Al voltear, Don Bosco lo vio.

A pocos pasos se materializó un perro enorme. No pertenecía a ninguna raza conocida; su pelaje, de un gris ceniza, absorbía la débil luz de los faroles, y sus ojos fijos irradiaban una inteligencia mística, un brillo que no correspondía a este mundo. Había brotado de la nada, como si la misma niebla se hubiera compactado para darle forma. Sorprendentemente, el temor inicial del sacerdote se disipó al instante, reemplazado por una paz inexplicable que inundó su cuerpo.

El guardián se acercó, movió la cola una sola vez y se colocó a su lado, escoltándolo en silencio hasta el umbral de su casa.

—Ven, entra —le invitó Don Bosco, conmovido.

Pero al girarse para guiarlo, el espacio estaba vacío. El animal se había desvanecido en el aire, sin dejar huellas en el suelo húmedo, como si hubiera sido solo un eco visual.

A partir de esa noche, el prodigio se convirtió en un faro constante. El Gris —Il Grigio, como lo bautizó el santo— aparecía siempre en el segundo exacto en que el peligro acechaba o cuando los callejones se tornaban más oscuros. Surgía de las sombras como un centinela celestial, mudo y feroz contra los atacantes, pero dócil y protector con el sacerdote.

Los muchachos del oratorio, que no era una simple iglesia sino un refugio vivo de cantos, juegos y aprendizaje, intentaron seguirlo docenas de veces para descubrir su origen. Querían saber dónde dormía, quién lo alimentaba, cuál era su procedencia. Todo fue en vano. El animal caminaba unos metros y se disolvía entre los árboles. No tenía rastro terrenal.

En una ocasión, un grupo de asaltantes acechó a Don Bosco con intenciones fatales. La situación parecía no tener salida. De pronto, la temperatura pareció descender y de la absoluta nada emergió El Gris, mostrando los dientes con un gruñido que infundió un terror sobrenatural en los atacantes, quienes huyeron despavoridos. El extraño protector custodió al sacerdote hasta que la calma regresó a las calles y luego volvió a fundirse con el misterio.

Durante casi tres décadas, el milagro se repitió. Treinta años, Mariana. Piensa en la magnitud de ese número: un guardián sin tiempo, sin dueño, sin edad, cruzando la frontera de lo invisible solo para cumplir una misión divina.

Y así como llegó, un día se marchó para siempre. No hubo despedidas, ni rastro, ni cuerpo que enterrar. Simplemente, la misión del centinela había concluido.

Muchos buscaron explicaciones lógicas, pero la lógica es un traje demasiado pequeño para los misterios que nos rondan. Yo, Mariana, prefiero creer que EL GRIS era el Ángel de la Guarda de Don Bosco, que cambió sus alas por colmillos y garras para proteger al santo.

 

Valledupar, Casa ‘e Campo, La Elisa, 20 de junio de 2026



 

La cerdita enojona

Por: José Rafael Araujo Nigrinis

Es veinte de marzo. Ayer celebrábamos a San José, mi onomástico: patriarca silencioso, esposo de la Virgen María, padre nutricio de Jesús. Hay días que no pasan en vano, que dejan un leve resplandor en la memoria. Hoy es otro de esos: cumple años mi tesoro más íntimo, mi nieta Mariana Sofía.

La invitación de mi amigo Carlos Mendiola me llevó a internarme en la Sierra Nevada, hasta Chemesquemena, un caserío suspendido entre montañas donde el tiempo parece caminar descalzo. Llegamos a las dos de la tarde, cuando la luz cae vertical y el aire se vuelve denso, casi sagrado.

Lo primero que vimos fue una patrulla militar: muchachos imberbes, con rostros todavía a medio hacer, sosteniendo fusiles que parecían demasiado grandes para sus manos. La guerra, pensé, también aprende a habitar los lugares más remotos.

Por el camino descendían los estudiantes, vestidos al modo kogui: blancos de pies a cabeza, como si llevaran encima la claridad de la nieve que alguna vez cubrió esas cumbres. Caminaban en silencio, con esa serenidad antigua que no necesita explicarse.

Mendiola siguió su ascenso hacia la finca. Misael y yo nos quedamos en casa de Ricaurte, comerciante del pueblo y hombre de hospitalidad sobria. Allí, en una pausa que parecía ritual, estaban tres kogui y una mujer arhuaca. Nos ofrecieron asiento. Nos sentamos. Y en ese gesto mínimo, quedamos admitidos en la respiración del lugar.

No pasó mucho tiempo antes de que aparecieran unos extranjeros —gringos—, descendiendo del monte con ese aire entre exhausto y maravillado que traen los que han visto lo que no es cotidiano. Venían con guías, en expedición de aves. Habían partido desde Manaure, en la Serranía del Perijá, y cruzaban ahora hacia la Sierra Nevada en busca de especies que allá les fueron esquivas. Hablaban de rutas, de migraciones, de nombres que para ellos eran hallazgo y para esta tierra, costumbre.

Se fueron como llegan esas presencias: sin dejar huella visible, pero alterando por un instante el pulso del lugar.

Me quedé conversando con los kogui. Misael salió a buscar plátanos. Los indígenas compraron chirrinche, ese aguardiente primitivo hecho de panela, y lo transformaron con un brebaje de curará, tomillo y romero. El líquido despedía un olor áspero, vegetal, casi medicinal. Sin despedidas largas, emprendieron el ascenso: cinco horas a pie, cuesta arriba, atravesando Guatapurí y San José. Se internaron en la montaña como quien regresa a una casa que no necesita puertas.

Yo me quedé con una botella de chirrinche, comprada en Atánquez, territorio kankuamo donde la sierra empieza a hacerse más humana sin dejar de ser indómita.

Conversábamos, dejándonos llevar por la tarde, cuando algo rompió la armonía.

Desde lo alto del camino descendía una mujer indígena, aunque vestida a la manera urbana. En su regazo traía una lechona: blanca, hermosa, viva… y profundamente indignada. Chillaba con una furia que no parecía propia de su tamaño. Sus guarridos atravesaron el aire, se estrellaron contra las casas, cubrieron el murmullo del río Guatapurí, que corría cercano como una voz antigua.

Había huido.

No supe de dónde, pero era evidente: aquella criatura había probado, aunque fuera por un instante, el sabor de la libertad.

Al llegar a su casa, la mujer la amarró a un poste. La soga le concedía apenas unos metros de mundo. Un pequeño círculo de tierra: ese fue, de pronto, todo su universo.

Quizá movida por una culpa instintiva, la dueña quiso apaciguarla. Tomó un guineo maduro, lo abrió con cuidado y lo acercó a su hocico. El gesto era casi maternal.

Pero ocurrió lo inesperado.

La cerdita —esa criatura que la costumbre acusa de voraz— despreció el alimento. Volvió el rostro con una dignidad que no admitía negociación. La mujer insistió, peló el banano, lo ofreció de nuevo, con paciencia, con dulzura.

Nada.

La pequeña se mantuvo firme en su negativa, como si en ese rechazo se jugara algo más profundo que el hambre. Como si aceptar fuera rendirse.

Pasaron las horas.

Cuando nos fuimos, cerca de las cinco y media de la tarde, la luz ya empezaba a inclinarse sobre las montañas. Y allí seguía ella: la cerdita enojada, intacta en su protesta, fiel a una causa que solo ella comprendía.

Entonces lo entendí —o quise entenderlo— mientras descendíamos en silencio:

La libertad, aun en su forma más breve, deja una huella que ningún amarre borra.

Y todos —hombres, mujeres, animales— llevamos dentro una porción irreductible de carácter.

En Valledupar, Casa e Campo, solar La Elisa, dado y acabado en 21 de marzo de 2026.

miércoles, 5 de agosto de 2026

 5 de agosto 2026

La cerdita enojona

Por: José Rafael Araujo Nigrinis

Es veinte de marzo. Ayer celebrábamos a San José, mi onomástico: patriarca silencioso, esposo de la Virgen María, padre nutricio de Jesús. Hay días que no pasan en vano, que dejan un leve resplandor en la memoria. Hoy es otro de esos: cumple años mi tesoro más íntimo, mi nieta Mariana Sofía.

La invitación de mi amigo Carlos Mendiola me llevó a internarme en la Sierra Nevada, hasta Chemesquemena, un caserío suspendido entre montañas donde el tiempo parece caminar descalzo. Llegamos a las dos de la tarde, cuando la luz cae vertical y el aire se vuelve denso, casi sagrado.

Lo primero que vimos fue una patrulla militar: muchachos imberbes, con rostros todavía a medio hacer, sosteniendo fusiles que parecían demasiado grandes para sus manos. La guerra, pensé, también aprende a habitar los lugares más remotos.

Por el camino descendían los estudiantes, vestidos al modo kogui: blancos de pies a cabeza, como si llevaran encima la claridad de la nieve que alguna vez cubrió esas cumbres. Caminaban en silencio, con esa serenidad antigua que no necesita explicarse.

Mendiola siguió su ascenso hacia la finca. Misael y yo nos quedamos en casa de Ricaurte, comerciante del pueblo y hombre de hospitalidad sobria. Allí, en una pausa que parecía ritual, estaban tres kogui y una mujer arhuaca. Nos ofrecieron asiento. Nos sentamos. Y en ese gesto mínimo, quedamos admitidos en la respiración del lugar.

No pasó mucho tiempo antes de que aparecieran unos extranjeros —gringos—, descendiendo del monte con ese aire entre exhausto y maravillado que traen los que han visto lo que no es cotidiano. Venían con guías, en expedición de aves. Habían partido desde Manaure, en la Serranía del Perijá, y cruzaban ahora hacia la Sierra Nevada en busca de especies que allá les fueron esquivas. Hablaban de rutas, de migraciones, de nombres que para ellos eran hallazgo y para esta tierra, costumbre.

Se fueron como llegan esas presencias: sin dejar huella visible, pero alterando por un instante el pulso del lugar.

Me quedé conversando con los kogui. Misael salió a buscar plátanos. Los indígenas compraron chirrinche, ese aguardiente primitivo hecho de panela, y lo transformaron con un brebaje de curará, tomillo y romero. El líquido despedía un olor áspero, vegetal, casi medicinal. Sin despedidas largas, emprendieron el ascenso: cinco horas a pie, cuesta arriba, atravesando Guatapurí y San José. Se internaron en la montaña como quien regresa a una casa que no necesita puertas.

Yo me quedé con una botella de chirrinche, comprada en Atánquez, territorio kankuamo donde la sierra empieza a hacerse más humana sin dejar de ser indómita.

Conversábamos, dejándonos llevar por la tarde, cuando algo rompió la armonía.

Desde lo alto del camino descendía una mujer indígena, aunque vestida a la manera urbana. En su regazo traía una lechona: blanca, hermosa, viva… y profundamente indignada. Chillaba con una furia que no parecía propia de su tamaño. Sus guarridos atravesaron el aire, se estrellaron contra las casas, cubrieron el murmullo del río Guatapurí, que corría cercano como una voz antigua.

Había huido.

No supe de dónde, pero era evidente: aquella criatura había probado, aunque fuera por un instante, el sabor de la libertad.

Al llegar a su casa, la mujer la amarró a un poste. La soga le concedía apenas unos metros de mundo. Un pequeño círculo de tierra: ese fue, de pronto, todo su universo.

Quizá movida por una culpa instintiva, la dueña quiso apaciguarla. Tomó un guineo maduro, lo abrió con cuidado y lo acercó a su hocico. El gesto era casi maternal.

Pero ocurrió lo inesperado.

La cerdita —esa criatura que la costumbre acusa de voraz— despreció el alimento. Volvió el rostro con una dignidad que no admitía negociación. La mujer insistió, peló el banano, lo ofreció de nuevo, con paciencia, con dulzura.

Nada.

La pequeña se mantuvo firme en su negativa, como si en ese rechazo se jugara algo más profundo que el hambre. Como si aceptar fuera rendirse.

Pasaron las horas.

Cuando nos fuimos, cerca de las cinco y media de la tarde, la luz ya empezaba a inclinarse sobre las montañas. Y allí seguía ella: la cerdita enojada, intacta en su protesta, fiel a una causa que solo ella comprendía.

Entonces lo entendí —o quise entenderlo— mientras descendíamos en silencio:

La libertad, aun en su forma más breve, deja una huella que ningún amarre borra.

Y todos —hombres, mujeres, animales— llevamos dentro una porción irreductible de carácter.

En Valledupar, Casa e Campo, solar La Elisa, dado y acabado en 21 de marzo de 2026.

jueves, 19 de noviembre de 2015

ILUSTRES DESCONOCIDOS DEL PAIS VALLENATO (6)

EL PAN DE MAÍZ.
(En memoria de la señora Nery Mejía)
Por: José Rafael Araujo Nigrinis
“Esta mañana acompañé mi desayuno con una arepa limpia, de maíz maíz. Y me supo a región, a provincia, y de ahí a Nuevo Mundo.
Imaginé la expresión de los marinos de Cristóbal Colón cuando se encontraron esta sin igual gramínea un noviembre de 1492 en su exploración de Cuba. Y cuando Don Hernando, hijo de Cristóbal refiriéndose a este grano habló de él como de “buenísimo sabor, cocido o tostado, o molido en puches”. Recordé al Libertador Bolívar hincha furibundo de la arepa de maíz pelado, prefiriéndola al pan europeo que tantas veces le habrían brindado en las Cortes europeas (De hecho el nombre de la arepa viene del vocablo “erepa” con que los caribes del hoy Estado de Sucre venezolano llamaban al maíz). Mientras, el Pacificador Murillo, se refería a semejante alimento como “hechas solo para estómagos de negros y avestruces”.
Vino a mi mente HOMBRES DE MAÍZ, del nobel 1967 Miguel Ángel Asturias, con su Gaspar Ilón. En la mitología maya-quiché el hombre fue hecho de maíz y en las páginas de esta novela se enfrentan los hombres que consideran al maíz como parte de su ser y como alimento sagrado, con aquellos que lo utilizan como un producto cualquiera de lucro, pero en ambos casos aplica el vocablo Taino de Ma-hiz significando “el que sostiene la vida”
Así comenzaba mi artículo publicado en el blog del suscrito, titulado AMÉRICA, TODO UN INMENSO JARDÍN, ESO ES AMÉRICA (Publicado en  marzo 21, 2010 a las 6:52pm, en joserafaelaraujonigrinis.blogspot.com/)
De esta Arepa, vocablo aceptado por la Real Academia Española desde 1884, notició  el Padre José de Acosta llamándola Pan de Maíz y se refería a finales del siglo XVI de esta manera: “Mas la cualidad y sustancia del pan que los indios tenían y usaban, es cosa muy diversa del nuestro, porque ningún género de trigo se halla que tuviesen, ni cebada, ni mijo, ni panizo, ni esos otros granos usados para pan en Europa. En lugar de esto usaban de otros géneros de granos y raíces; entre todos tiene el principal lugar y con razón el grano de maíz, que en Castilla llaman trigo de las Indias, y en Italia, grano de Turquía”.
Y refiriéndose en general al grano escribía: “El grano de maíz, en fuerza y sustento pienso que no es inferior al trigo; es más grueso y cálido y engendra sangre; por donde los que de nuevo lo comen, si es con demasía, suelen padecer hinchazones y sarna”
Y volviendo a la arepa el mismo José de Acosta: “El pan de los indios es el maíz; cómenlo comúnmente cocido así en grano y caliente, que llaman ellos mote, como comen los chinos y japoneses el arroz también cocido con su agua caliente. Algunas veces lo comen tostado; hay maíz redondo y grueso, como lo de las Lucanas, que lo comen españoles por golosina, y tiene mejor sabor que garbanzos tostados. Otro modo de comerle más regalado es moliendo el maíz y haciendo de su harina, masa, y de ella unas tortillas que se ponen al fuego, y así caliente se ponen a la mesa y se comen; en algunas partes las llaman arepas. Hacen también de la propia masa unos bollos redondos, y sazonándolos de cierto modo que duran y se comen por regalo. Y porque no falte la curiosidad también en comidas de Indias, han inventado hacer cierto modo de pasteles de esta masa, y de la flor de su harina con azúcar, bizcochuelos y melindres que llaman”
Años antes, el florentino Galeotto Cei refería: “Hacen otra suerte de pan con el maíz a modo de tortillas, de un dedo de grueso, redondas y grandes como un plato a la francesa, o poco más o menos, y las ponen a cocer en una tortera sobre el fuego, untándola con grasa para que no se peguen, volteándolas hasta que estén cocidas por ambos lados y a esta clase llaman areppas y algunos fectegua”
El naturalista francés Jean Baptiste Boussingault, geólogo y aventurero, de singular rudeza en sus juicios,  libre pensador y conocedor de Bolívar, y quien recorrió el territorio colombiano entre 1823 y 1832 por orden del libertador, gustoso del pan hecho en Bogotá, del cual dijo que era mejor que el francés, tampoco pudo abstraerse de describir el alimento preferido, ícono de la gastronomía, de colombianos y venezolanos. Escribió en su libro Memorias: “Cuando la mazorca no está madura todavía, la ponen a cocinar bajo ceniza y entonces es un alimento harinoso, ligeramente dulce, llamado "choclo"; cuando los granos están maduros, los mojan en agua y los trituran en una piedra, para hacer una pasta que modelan como una galleta y que cocinan en un plato de barro: así obtienen la "arepa", especie de pan ácimo”.

El cronista español Pedro Cieza de León (Llerena, c. 1520 - Sevilla, 1554), quien conoció buena parte de Colombia en sus andanzas con Alonso de Cáceres, Jorge Robledo y Sebastián de Belalcázar, registra el consumo de la arepa en la provincia de Cartagena: “Entre estos indios de que voy tratando, y en sus pueblos se hace el mejor y más sabroso pan de maíz en la mayor parte de las Indias, tan gustoso y bien amasado que es mejor que alguno de trigo que se tiene por bueno”.
Cómo se nota que Pedro Cieza de León no tuvo la fortuna de explorar las tierras de San Diego de Las Flores y menos aún degustar las arepas limpias asadas de la señora Nery, habría escrito todo un tratado sobre el tema. Recuerdo como si fuera hoy el dejillo como a ceniza del neutro sabor a campo de ese pan de maíz, con textura sin igual, que por seis días a la semana  abrasaba esta buena y respetable señora para deleite de los parroquianos. Si pernoctaba en San Diego era obligatorio para mí deleitarme con  estas arepas acompañando a un guiso o unos huevos fritos blandos.
Para fortuna del pueblo y mía propia, el hijo de la señora Nery, Over, continúa con esa tradición del buen sabor.

FUENTES:
Historia Natural y Moral de Las Indias. José de Acosta.

Pedro Cieza de León (2005). Crónica del Perú. El señorío de los Incas.

miércoles, 21 de marzo de 2012

ILUSTRES DESCONOCIDOS DEL PAÍS VALLENATO (5) PABLO EMILIO FONSECA HENRÍQUEZ


ILUSTRES DESCONOCIDOS DEL PAIS VALLENATO (5) PABLO EMILIO FONSECA HENRÍQUEZ.
Por: José Rafael Araujo Nigrinis.




Fotografía de Pablo Emilio Fonseca Heríquez (Cortesía de su hijo Pablo Emilio Fonseca Deluque)
Mientras estoy cuidando a mi papá reviso su pequeña gran biblioteca y me encuentro con un librito, “Mis Escritos”, que me llamó la atención. Le pregunto que cómo llego a sus manos esta obra y me dice que no recuerda. Abro en cualquiera de sus páginas y leo:

“QUIERO
Quiero para mi sed tus labios bellos
Quiero para mi vida tu ternura
Para mi corazón tu amor y sus destellos
Y para mi triste reposo tu dulzura

Quiero para mi ocaso tus pasiones
La fragancia divina de tu ser
Quiero para mi tristeza tus canciones
Y para mi negra soledad tu querer

Quiero para mis penas tu consuelo
Para mi angustia tu cariño santo
Dale a este ser que te ama tanto
Un jirón de tu amor para su cielo”

Busco en internet y descubro un vídeo en el que aparece como cuentero principal de narraciones costumbristas de Riohacha, definitivamente entretenido y diciente sobre la picaresca y el costumbrismo de la región, típico del País Vallenato.

De la lectura del “librito”, veo que se trata de una compilación póstuma auspiciada por su esposa e hijos, la familia Fonseca Deluque en conmemoración de su primer cabo de año.

Nació Pablo Emilio Fonseca Henríquez, en Uribia en 1944 y falleció en la noble Riohacha en el año 2000. Es autor de “Guajirismos”, publicado en 1992 por la Gobernación y Universidad de La Guajira y de “Anecdotario Guajiro” (Centro de Editores, Barranquilla, 1998) que fue trabajado a cuatro manos con su primo César Henríquez López (también fallecido), quien en vídeo conocido narra las peripecias en la construcción de las anécdotas. Cuenta César que se enviaban los escritos y se los corregían o complementaban mutuamente, reconociendo la primacía de la pluma de Pablo Emilio.

La Corporación Sociocultural EMCULTUR ha creado en reconocimiento al talento narrativo del SAZO, la Escuela de Formación Artística y Narración Oral “Pablo Emilio Fonseca Henríquez” que imparte talleres destinado a multiplicar las tradiciones, el cuento y la histriónica.

Tiene razón García Márquez cuando al hacer referencia a la bella construcción literaria en el País Vallenato cuando menciona a como “cruje el maderamen en el agua” de la Piragua de José Barros. Es que en nosotros brota. Escribe Pablo Emilio en Yo …. y el Mar: “Voy a dar un paseo en esta tarde bajo el tibio sol de octubre y dentro del marco del panorama guajiro, que tiene esa mágica realidad del mar Caribe, infinitamente más bello que esas sensaciones de ternura que desprenden las cosas íntimamente asombrosas”.

Pero además de la buena pluma se filtra por la malla más tupida la nobleza que brota en la gente de bien, no solo son los escritos, no solo la narrativa oral, devienen del “librito” esencias y aromas del hombre íntegro que identifica a nuestro raizal, a nosotros los criollos. Y de esto tiene plena conciencia cuando escribe en “Tengo las manos callosas de tanto aferrarme al vacío" una sentencia sobre su “ESTAMIENTO”, sobre su “YO SOY” afirmando sin ambages: “Si la gran mayoría de la gente no es fiel a una sola causa yo sí lo he sido. Porque cuando soy … Soy. Pese a todo. De veras lo doy todo”.

QUÉ BUENO, SAZO.