martes, 6 de octubre de 2026

 

                                                          Fotografía tomada de la Internet


¡El diablo sí existe porque yo lo vi!

Por: José Rafael Araujo Nigrinis

Conversábamos sobre apariciones, fantasmas, espíritus y demonios en un corrillo de ocho muchachos, ninguno mayor de nueve años. En la provincia del Corazón del Mundo —la Sierra Nevada de Santa Marta— hablar de seres intangibles pero manifestados no era asunto extraño entre infantes. Espectros y regresados del más allá alimentaban las tertulias vespertinas y las confidencias nocturnas; pero mencionar al diablo… eso pertenecía ya a otra jerarquía del miedo.

Dije: ¡El diablo sí existe porque yo lo ví!

—¡Si hubieras visto al diablo, estarías muerto! —sentenció Rafaelito, el de Aminta, con voz alarmada.

Y sí, lo vi. Pero no era ese diablo. No descendí al infierno ni del averno vino emisario alguno a visitarme.

Con el tiempo comprendí que aquella aparición que me estremeció —yo tendría cuatro o cinco años— no fue más que una burla cruel, una inocentada sin inocencia, urdida por las mujeres encargadas del servicio doméstico en mi casa. Una de ellas se había disfrazado de Satanás. Lo supe años después, cuando en época de carnaval pasó por la calle, frente a mi casa, un “capuchón”, idéntico al ser que se me apareció aquella tarde terrible: cabeza roja y cuerpo amarillo encendido.

El Capuchón fue un atavío utilizado antaño por participantes de las fiestas de independencia en Cartagena de Indias, como gesto de irreverencia frente al despotismo y a la severidad inquisitorial. Más tarde migró a los carnavales del Caribe. En sus orígenes lo usaban hombres y mujeres; después quedó casi exclusivamente en manos femeninas —o de quienes necesitaban resguardar su identidad— para evitar ser reconocidos por sus propios parejos en los bailes de carnaval.

Lo que comenzó como sátira política terminó convertido en eficaz estrategia para desatar pasiones clandestinas: lujurias y adulterios protegidos por la máscara, todo ello en el marco del carnaval, ese ritual de catarsis colectiva que antecede a la Cuaresma y prepara, paradójicamente, el tránsito hacia la Semana de Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

Curioso —y revelador— que el diablo que me horrorizó tuviera la misma fisonomía de aquellos capuchones primigenios de Cartagena: capucha roja y bata amarilla.

La imaginación infantil hizo el resto. La capucha roja evocaba, sin yo saberlo entonces, una de las tres caras de Lucifer descritas por Dante Alighieri en la Divina Comedia: la del centro, roja; la derecha, entre blanca y amarillenta; la izquierda, negra. En cuanto a la batola amarilla, remitía al sambenito —capa o escapulario impuesto por la Inquisición a los reconciliados con la Iglesia—, prenda que en la Cartagena colonial marcaba públicamente al penitente durante el tiempo de su condena. El negro, en cambio, era para los sentenciados a muerte. El término sambenito, según algunos, no sería sino una mutación de “saco bendito”, luego “san bendito”, deformado por el uso popular.

Resulta aún más sugerente advertir que mientras en el siglo XIV Dante imaginaba a Lucifer con tres rostros, al otro lado del océano —en lo que los europeos llamarían Indias Occidentales— los muiscas, en los territorios de Hunga, hoy Tunja, ya veneraban figuras con tres cabezas humanas o tres rostros en un solo cuerpo. ¿Simbolismo trinitario? ¿Tres personas con un solo corazón? ¿Una intuición remota del misterio de la Santísima Trinidad? ¿O acaso la contracara simbólica de las tres virtudes teologales —Fe, Esperanza y Caridad—, invertidas en impotencia, ignorancia y odio?

Así, lo que comenzó como el susto de un niño termina revelando la superposición de máscaras: carnaval y catecismo, sátira y castigo, mito indígena y teología medieval. Y tal vez el verdadero diablo no fue aquel disfraz rojo y amarillo, sino la capacidad humana de revestir el miedo con símbolos que atraviesan los siglos.

Valledupar, Casa ‘e Campo, Solar La Elisa, 2 de octubre de 2026


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