Fotografía tomada de la Internet
¡El diablo sí existe porque
yo lo vi!
Por: José Rafael Araujo Nigrinis
Conversábamos sobre apariciones, fantasmas,
espíritus y demonios en un corrillo de ocho muchachos, ninguno mayor de nueve
años. En la provincia del Corazón del Mundo —la Sierra Nevada de Santa Marta—
hablar de seres intangibles pero manifestados no era asunto extraño entre
infantes. Espectros y regresados del más allá alimentaban las tertulias
vespertinas y las confidencias nocturnas; pero mencionar al diablo… eso
pertenecía ya a otra jerarquía del miedo.
Dije: ¡El diablo sí existe porque yo lo ví!
—¡Si hubieras visto al diablo, estarías muerto!
—sentenció Rafaelito, el de Aminta, con voz alarmada.
Y sí, lo vi. Pero no era ese diablo. No descendí
al infierno ni del averno vino emisario alguno a visitarme.
Con el tiempo comprendí que aquella aparición que
me estremeció —yo tendría cuatro o cinco años— no fue más que una burla cruel,
una inocentada sin inocencia, urdida por las mujeres encargadas del servicio
doméstico en mi casa. Una de ellas se había disfrazado de Satanás. Lo supe años
después, cuando en época de carnaval pasó por la calle, frente a mi casa, un
“capuchón”, idéntico al ser que se me apareció aquella tarde terrible: cabeza
roja y cuerpo amarillo encendido.
El Capuchón fue un atavío utilizado antaño por
participantes de las fiestas de independencia en Cartagena
de Indias, como gesto de irreverencia frente al despotismo y a la
severidad inquisitorial. Más tarde migró a los carnavales del Caribe. En sus
orígenes lo usaban hombres y mujeres; después quedó casi exclusivamente en
manos femeninas —o de quienes necesitaban resguardar su identidad— para evitar
ser reconocidos por sus propios parejos en los bailes de carnaval.
Lo que comenzó como sátira política terminó
convertido en eficaz estrategia para desatar pasiones clandestinas: lujurias y
adulterios protegidos por la máscara, todo ello en el marco del carnaval, ese
ritual de catarsis colectiva que antecede a la Cuaresma y prepara,
paradójicamente, el tránsito hacia la Semana de Pasión y Muerte de Nuestro
Señor Jesucristo.
Curioso —y revelador— que el diablo que me
horrorizó tuviera la misma fisonomía de aquellos capuchones primigenios de
Cartagena: capucha roja y bata amarilla.
La imaginación infantil hizo el resto. La capucha
roja evocaba, sin yo saberlo entonces, una de las tres caras de Lucifer
descritas por Dante Alighieri en la Divina Comedia: la del centro, roja; la derecha,
entre blanca y amarillenta; la izquierda, negra. En cuanto a la batola
amarilla, remitía al sambenito —capa o escapulario impuesto por la Inquisición
a los reconciliados con la Iglesia—, prenda que en la Cartagena colonial
marcaba públicamente al penitente durante el tiempo de su condena. El negro, en
cambio, era para los sentenciados a muerte. El término sambenito,
según algunos, no sería sino una mutación de “saco bendito”, luego “san
bendito”, deformado por el uso popular.
Resulta aún más sugerente advertir que mientras
en el siglo XIV Dante imaginaba a Lucifer con tres rostros, al otro lado del
océano —en lo que los europeos llamarían Indias Occidentales— los muiscas, en
los territorios de Hunga, hoy Tunja, ya veneraban figuras con tres cabezas
humanas o tres rostros en un solo cuerpo. ¿Simbolismo trinitario? ¿Tres
personas con un solo corazón? ¿Una intuición remota del misterio de la
Santísima Trinidad? ¿O acaso la contracara simbólica de las tres virtudes
teologales —Fe, Esperanza y Caridad—, invertidas en impotencia, ignorancia y
odio?
Así, lo que comenzó como el susto de un niño
termina revelando la superposición de máscaras: carnaval y catecismo, sátira y
castigo, mito indígena y teología medieval. Y tal vez el verdadero diablo no
fue aquel disfraz rojo y amarillo, sino la capacidad humana de revestir el
miedo con símbolos que atraviesan los siglos.
Valledupar, Casa ‘e Campo, Solar La Elisa, 2 de
octubre de 2026

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